Un estudiante en Tokio, una cirujana de guardia, una camionera en mitad de la carretera o un carnicero que lleva décadas cerrando antes para ver los partidos. Vidas muy diferentes conectadas por una misma emoción y por una tecnología que hace posible compartirla. Porque cuando juega la Selección, millones de personas comparten algo más que fútbol.
Hay muy pocas cosas que pueden atravesar fronteras, edades, profesiones o personalidades con tanta facilidad como el Mundial. Cuando se trata de apoyar a la Selección, no importa si lo haces desde un pueblo de 200 habitantes o desde una capital a lo grande. Tampoco si tienes 16 o 70 años, si trabajas en un hospital, conduces un camión o estudias en otro país. Cuando el árbitro pita y la pelota empieza a rodar por el césped, millones de personas comparten exactamente la misma emoción: la esperanza de un último ataque, la tensión de una prórroga, la alegría irracional de un gol en tiempo de descuento.
Es como una red emocional gigante que conecta a personas que posiblemente nunca se conocerán. Una conexión que hoy también depende de la tecnología: de redes capaces de acercar un partido a quien está a miles de kilómetros, de mantener unida a una familia aunque cada uno vea el encuentro desde un lugar distinto o de hacer que millones de personas compartan el mismo instante al mismo tiempo.