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PARADORES

Dormir en el palacio cántabro donde la historia se escucha entre árboles

El Parador de Limpias ocupa el antiguo Palacio de Eguilior, una finca histórica rodeada de jardines centenarios, vinculada a Alfonso XIII y situada entre la ría del Asón, las montañas y el Cantábrico.

Dani Mendez

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El camino hasta el Parador de Limpias tiene algo de entrada en otro tiempo. Primero hay que atravesar un imponente portón de piedra con aire medieval, cubierto de musgo y humedad, como si antes de llegar al palacio hubiera que cruzar una primera frontera. Al hacerlo, el viajero se ve envuelto por un verde denso, norteño, húmedo, que huele a bosque mojado aunque no haya llovido en ese preciso momento. Los árboles van cerrando el paisaje con esa manera tan cántabra de mezclar sombra, musgo y silencio. Y entonces, casi al final, surge la piedra gris del Palacio de Eguilior, con sus torres en las esquinas, sus balcones abiertos al jardín y esa presencia noble de los edificios con historia a sus espaldas.

La sensación continúa al cruzar la puerta. Dentro, el recibimiento lo marca una gran escalera de castaño que asciende hacia las habitaciones con solemnidad de casa antigua. La madera oscura, cálida, noble y vivida, se abre a ambos lados bajo una vidriera que filtra la luz sobre el descansillo y le da al vestíbulo un aire señorial y doméstico. El viajero deja atrás el bosque y se adentra en un interior donde todavía pesan la historia y los pasos de quienes vivieron aquí. No sorprende que la figura de Margarita, protagonista de una de las leyendas más conocidas del Parador, forme parte del imaginario del edificio. Se dice que a veces se escucha un piano en la noche, un detalle que alimenta esa tradición local. El director del Parador, José Carlos Campos, la llama, bromeando, “nuestra fantasma preferida”.

“Cuando inauguras un parador, marca para siempre”, recuerda José Carlos Campos, que estuvo aquí en la apertura de 2004 y habla del edificio con una palabra que repite varias veces: “apego”. O, mejor dicho, “querencia y apego”. Ese apego se concreta en rincones muy precisos. Él tiene debilidad por un pequeño salón común de las habitaciones que dan a la fachada, con un balcón que conserva, en sus palabras, “un sabor y un color” especiales. Cuando Paulo Coelho pasó por el Parador, atraído por la fama de ser un lugar “donde se respiraba paz”, Campos le llevó hasta ese rincón. El escritor se sentó allí, miró alrededor y acabó dándole la razón. Después, se quedó escribiendo.

El Parador está en la finca de El Castañar, en Limpias, en el margen derecho de la ría que lleva el nombre del pueblo y muy cerca de las aguas del Asón. A pocos minutos queda el Cantábrico; algo más adentro, los valles y montañas que reflejan otra Cantabria, menos conocida que la costa, pero igual de poderosa. Esa posición entre costa e interior es una de las claves del lugar. Luis Vega Gutiérrez, jefe de recepción, lo resume como “ese lujo de estar justo entre la costa y el interior; al lado de la montaña, pero también con el mar muy cerca”. Aquí se puede amanecer y desayunar mirando al jardin, bajar después hacia Laredo o Santoña y terminar la tarde de nuevo entre árboles, con la sensación de haber cambiado varias veces de paisaje sin haberse alejado demasiado. Antes de salir, o al volver de una excursión, el viajero puede disfrutar de un baño en la piscina del Parador, y también de sus pistas de tenis y padel.

El desayuno de Limpias cuenta con una merecida fama. Célebres son sus picatostes, una tradición local que se remonta a 1947, cuando el desaparecido Hotel Royal empezó a servirlos con chocolate. Hoy se han convertido en merienda clásica de la localidad y un ritual a la hora del desayuno en el Parador. A medio camino entre la torrija y el pan perdido, se elaboran con pan remojado en una infusión de leche, azúcar, naranja y agua, que después se fríe vuelta y vuelta hasta quedar dorado por fuera y tierno por dentro. Se disfrutan especialmente en el Salón La Pinta, un comedor luminoso, abierto al jardín por una gran cristalera.

El palacio fue mandado construir a comienzos del siglo XX por Manuel Eguilior y Llaguno, conde de Albox, abogado, economista, político liberal, ministro de Hacienda y de Instrucción Pública, gobernador del Banco de España y una de las figuras influyentes de la España de la Restauración. Alfonso XIII le concedió el título de conde de Albox en 1905. Para entonces, Eguilior ya había iniciado en Limpias la construcción de una casa capaz de retratar su ascenso: un palacio en su pueblo natal, levantado en una ladera desde la que se contemplaba la población y concebido también como afirmación de una posición social, algo habitual entre las grandes fortunas de la época. El proyecto lo encargó al arquitecto santanderino Emilio de la Torriente y Aguirre; las obras comenzaron en 1900 y quedaron prácticamente concluidas en 1903.

La elección del lugar tampoco fue casual. El arbolado de la finca y su situación, en un alto que domina Limpias, influyeron en Manuel Eguilior para levantar allí el palacio. La casa conserva todavía esa vocación de retiro señorial: la piedra vista, los cuerpos laterales que se alzan como torres, los balcones del piso noble, la mencionada escalera de madera, la chimenea tallada con pájaros y hojas de parra... En torno al edificio, El Castañar es un bosque de enorme riqueza vegetal y gran variedad de especies. Algunos de sus árboles están incluidos en el inventario de árboles singulares de Cantabria, como un imponente magnolio de 30 metros de altura. Hay también nogales, avellanos, castaños… Y, cómo no, la palmera tan característica de la arquitectura indiana que abunda en la región, como muestra de éxito de quienes volvieron enriquecidos de sus aventuras americanas.

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Por aquí pasó también Alfonso XIII, que encontró en este palacio una residencia de verano y llegó a celebrar en él consejos de ministros. Después vendrían otros tiempos: el saqueo durante la Guerra Civil, el reparto de parte de sus muebles, el cambio de propietarios, el abandono y, finalmente, la recuperación. En 1999, el Gobierno de Cantabria adquirió el palacio y la finca; después cedió la propiedad a Paradores, que impulsó la restauración del edificio histórico, la construcción de un anexo moderno conectado con él y la reapertura del conjunto como establecimiento hotelero en febrero de 2004. Miguel Ángel Peña Estebelrío, jefe de mantenimiento y vecino de Limpias, lo conocía antes de que volviera a tener vida: “siempre me llamaba la atención al pasar por la puerta”, cuenta.

Las recomendaciones de los que más saben...

JEFE DE MANTENIMIENTO

Miguel Ángel Peña

Trabajador en el parador de Limpias

RECEPCIONISTA

Nuria Pérez

Trabajadora en el parador de Limpias

JEFE DE RECEPCIÓN

Luis Vega

Trabajador en el parador de Limpias

Cuando Paradores lo inauguró en 2004, el edificio no solo volvió a tener huéspedes; recuperó una forma de vida. Esa es quizá una de las sensaciones más claras al recorrerlo hoy: la de un lugar que estuvo a punto de perderse y que, sin embargo, ha vuelto a estar habitado. También por eso José Carlos Campos habla de la evolución del Parador como un viaje “del desconocimiento absoluto de un lugar tan maravilloso como Limpias” hacia un reconocimiento cada vez mayor. La finca, añade, tiene cerca de 60.000 metros y sólo 65 habitaciones. Esa proporción explica mucho de lo que se siente aquí: espacio, calma y una rara libertad para desaparecer un rato. Nuria Pérez, recepcionista, recomienda salir al exterior: “Para disfrutar del Parador, deberían darse una vuelta por el sendero que tenemos por todo el bosque”. Ahí, dice, se entiende mejor la finca. Y quizá también el propio palacio.

Un paseo sin salir del bosque

No hace falta alejarse del Parador de Limpias para entender el paisaje que lo rodea. Sin salir de la propia finca de El Castañar, encontramos un paseo sencillo, de unos veinte minutos entre árboles centenarios, rincones de sombra y claros desde los que asoma la ría.  La localidad de Limpias permite también caminar junto a la ría del Asón por recorridos accesibles, como el Paseo de Remigio, vinculado a la Ruta de Carlos V, que bordea el antiguo ámbito fluvial y recuerda la tradición marinera de la localidad. El casco histórico, con sus casas señoriales y de indianos, la iglesia de San Pedro y el Cristo de la Agonía, completa esa primera escala sin necesidad de grandes desplazamientos.

Quienes quieran abrir más el mapa pueden acercarse a las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel, uno de los grandes refugios naturales de Cantabria, situado a unos quince minutos del Parador. Hacia el interior, el Parque Natural de los Collados del Asón cambia de escala. Allí el paisaje se vuelve más montañoso, con hayedos, bosque caducifolio y una cascada de unos setenta metros que cae como una cola blanca entre la roca. 

Santander y alrededores, una escapada entre ciudad, mar e historia

Desde Limpias, Santander queda a mano para dedicar medio día o una jornada completa. La capital cántabra se puede recorrer desde los Jardines de Pereda y el Centro Botín hasta Puertochico, la Península de la Magdalena y El Sardinero, donde la ciudad se abre al Cantábrico entre playas, paseos y palacetes.

El plan puede continuar por otros clásicos cercanos: Santillana del Mar, con sus calles empedradas, casonas y la Colegiata de Santa Juliana; Laredo, con la extensa playa de La Salvé; o Santoña, villa marinera ligada a las anchoas y a las marismas. En el camino merece también una parada el puente de hierro de Treto, atribuido al entorno técnico de Gustave Eiffel, una de esas piezas de ingeniería que recuerdan la antigua relación de esta zona con la ría, el comercio y el movimiento. Más hacia el este, Castro Urdiales suma puerto, pasado romano y una de las siluetas costeras más reconocibles de Cantabria.

Hoy comemos…

El restaurante Palacio de Eguilior, dentro del Parador, prolonga esa sensación de casa señorial cántabra que acompaña al viajero desde la entrada: un comedor elegante, de evocación indiana, donde disfrutar de una versión actualizada del recetario regional. Al frente de la cocina está Pablo Álvarez, jefe de cocina del Parador, que conoce bien la casa. Llegó a Limpias en 2004, en la inauguración, después de pasar por distintos establecimientos de la red. Más tarde salió de Paradores para emprender un proyecto propio de pastelería, su otra especialidad, y regresó hace cuatro años a este palacio convertido ya en una especie de casa profesional. “He vuelto porque es mi casa”, resume.

“Paradores es tradición”, explica. “Hay que respetar mucho la identidad de los platos autóctonos y tradicionales”. Por eso, en su carta no hay voluntad de convertir el cocido montañés en una abstracción ni de esconder el producto bajo artificios. Las rabas son un buen ejemplo. Llegan con una puesta en escena más actual, acompañadas de una oblea crujiente, pero mantienen el sentido de la fritura popular cántabra. También aparece el cocido montañés, uno de los grandes emblemas de la cocina cántabra. Y, junto a él, platos donde la técnica entra con cuidado, como el bacalao confitado a baja temperatura, terminado con un pilpil de lima y acompañado por matices de patata, alga wakame y espinaca.

La parte dulce revela la otra vida profesional del chef. Álvarez fue pastelero durante años y eso se nota en los postres, especialmente en uno de los más llamativos: un tomate que no es tomate. Parece recién salido de la tierra, con sus brotes y su brillo rojo, pero al romperlo aparece una espuma de queso y mango, un núcleo de mango y un baño de fresa ácida. El desayuno, en cambio, vuelve a la calma de la mañana. En el Salón La Pinta, con la luz entrando hacia el jardín, aparecen los picatostes, el café, el zumo natural, el producto local y una bollería que aquí tiene algo especial: buena parte se elabora en la propia casa. Brioches, hojaldres o bizcochos salen de una cocina que entiende el desayuno como una de las señas de identidad de Paradores.

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Este contenido ha sido desarrollado por Content Factory, la unidad de contenidos de marca de Vocento, con Paradores. En su elaboración no ha intervenido la redacción de este medio.